Queridos hijos:

Como cualquier padre, tengo el compromiso vital de orientaros sobre todas las decisiones importantes en vuestras vidas. Y ahora, con 15, 16 y 18 años, cada uno de los tres debe enfrentarse por primera vez a una decisión que tendrá trascendencia en vuestra vida adulta: la elección de qué estudiar, con su implícita decisión sobre cuál será vuestro futuro laboral.

En el futuro laboral habrán humanos e Inteligencias artificiales trabajando “codo con codo”

¿Estudio ciencias o letras? ¿Comienzo bachiller o una formación profesional? ¿Qué carrera universitaria me conviene más?

Como cualquier adolescente, estáis hartos de mis sermones y de mis continuas quejas de que no me hacéis ni caso y estáis convencidos de que lo que os cuentan los amigos (o Internet) tiene mucho más valor que cualquier cosa que vuestra madre o yo os podamos decir.

Y, sin embargo, ahora, por primera vez desde que dejasteis de ser niños, me miráis esperando una respuesta. ¿Qué hago? ¿Qué elijo?

Porque, hasta ahora, en esa larga maratón de 20 (o 30) años que es la etapa formativa de la vida en un país occidental, todas las decisiones han sido tomadas por el Estado, que ha definido un extenso currículum de contenidos obligatorios (absolutamente cuestionables como “lo básico” que todo ciudadano del siglo XXI debe conocer), con insignificante capacidad de opción (¿en serio? ¿las únicas optativas son entre ética y religión o entre informática y francés?) y una casi inexistente flexibilidad o atención diferenciada a cada alumno (salvo las peyorativas “atención a la diversidad” y ACIS, reservada para repetidores). Todo ello bajo el poco ilusionante nombre de Educación Secundaria Obligatoria.

En definitiva, lleváis ya más de 12 años dentro de este (obsoleto) sistema educativo que Ken Robinson ha bautizado como “educación de talla única” (one size fits all system), que mata la creatividad y proactividad que todo niño de tres años derrocha (¿Recordáis la famosa charla TED “Schools kill creativity”?).

[Vale, vale. No sigo. Pero es que ya sabéis que cuestionar el sistema educativo de este país es la pasión, sobre todo, de vuestra madre y también la mía: ella con su “bestia parda”, el análisis morfosintáctico y yo con la mía, la memorización del algoritmo de las raíces cuadradas, que a memorables enfrentamientos con vuestros profes nos han llevado]

Malas noticias: la elevada posibilidad de equivocarme

Vivimos tiempos de incertidumbre en los que van a cambiar infinidad de cosas en muchísimo menos tiempo de lo que lo han hecho en cualquier otro periodo histórico. Creo sinceramente que los próximos 30-40 años van a ser los más decisivos y apasionantes de la Historia de la Humanidad y, como soy de naturaleza optimista, no creo en los futuros distópicos que tantas películas plantean (Vale. Traduzco: distópico es lo contrario de utópico. O sea: un futuro catastrofista, como el de la película “Terminator”). Estoy seguro de la capacidad de superación de nuestra especie, porque lo ha demostrado a lo largo de la historia, y convencido de que conseguiremos adaptarnos a los enormes (disruptivos) cambios que se avecinan.

Y el desafío fundamental será la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) en todos los ámbitos de nuestra vida, económicos y sociales.

Porque limitar o incluso prohibir el uso de la IA es un esfuerzo tan inútil como el de tratar de retener un puñado de arena en la mano. Habrá poderosas fuerzas que se opondrán a ella y retrasarán su avance todo lo que puedan (sindicatos, legislación, colectivos directamente perjudicados por la pérdida de su estatus anterior…). Pero esta resistencia no evitará la entrada de la IA, sólo conseguirá que su introducción en los trabajos se realice a trocitos y de manera incremental, no de golpe… Al menos al principio, hasta llegar a un “punto crítico” (que nadie sabe dónde está), en el que la IA lo alcanzará prácticamente todo.

El ejemplo más claro que encuentro de esto son los coches autónomos. Sin entrar en detalles, a medio plazo no hay ninguna posibilidad de que los taxistas o cualquier otro grupo organizado pueda parar o evitar su uso generalizado. Las ventajas de todo tipo son simplemente demasiado grandes. Y la profesión de taxista será historia, al menos tal cual la conocemos hoy (puede pasar a ser un asistente personal con altos conocimientos sobre la ciudad y una capacidad media de conducción en determinados casos).

Así que, desde el convencimiento de que la IA redefinirá, inevitablemente, todos los aspectos de vuestras vidas, hace un tiempo que adquirí para mis adentros un compromiso con vosotros: el de orientaros sobre cómo empezar YA a prepararos para ese futuro compartido con ella.

Y, en concreto, en relación con vuestro futuro laboral, aconsejaros sobre:

– qué NO estudiar, es decir, hacia qué tipos de profesiones actuales no debéis dirigiros, bien porque, cuando os incorporéis al mundo laboral, ya no constituirán profesiones “sostenibles”, por la automatización de una gran cantidad de las tareas que integran los puestos de trabajo a ellas vinculados, bien porque es alta la probabilidad de que incluso la profesión desaparezca en una década o poco más.

– qué profesiones actuales resistirán mejor la expansión de la IA y, por tanto, es más alta la probabilidad de estar “seguro” orientando a ellas vuestros estudios y qué habilidades deberéis adquirir para acceder a las nuevas profesiones que se intuye surgirán gracias a la IA.

Pero ha llegado el momento de haceros una confesión:

Seguramente me voy a equivocar en mis predicciones, porque, en realidad, nadie tiene ni la menor idea de cuáles serán exactamente las profesiones que se mantendrán o las nuevas que surgirán, gracias a la Inteligencia Artificial

Y probablemente me equivocaré más que muchos (por exceso de atrevimiento), así que cuando miréis de nuevo esta carta dentro de dos o tres décadas, seguramente no podáis por menos que sonreír ante mi ingenuidad y falta de tino (habré ido en contra de uno de esos refranes de los que tiene cientos vuestro abuelo: “Eres esclavo de tus palabras y dueño de tus silencios”).

Pero, aun así, estoy obligado a escribir esta carta, porque, aunque como alguien que presenta sus opiniones públicamente sobre IA, no sería sensato arriesgarse tanto, como padre, no puedo dejar de hacerlo, porque no puedo de ningún modo eludir mi responsabilidad y dar respuesta a vuestra pregunta: ¿Qué profesión debo elegir, papá?

Ahí va otro refrán: una de cal y una de arena.

Hasta aquí, “la de arena”: efectivamente, me puedo equivocar.

Y ahora viene “la de cal”: que no sepa exactamente cuáles serán las profesiones de vuestro futuro compartido con la IA, no quiere decir que no pueda avanzaros bastantes cosas. De la misma manera que es posible tener una idea aproximada de las características que estarán presentes en las tecnologías que serán relevantes en el futuro (y qué campos de conocimiento las impulsarán), aunque no sea posible saber si una tecnología concreta triunfará o fracasará, como otros ya han probado.

Como una carta no lo aguanta todo, me voy a dejar fuera muchos de los detalles de por qué he llegado a las conclusiones que os cuento, pero si os “pica” la curiosidad creo que iré publicando “la letra pequeña” en mi blog, así quizás pueda convencer a más personas de porque digo lo que os cuento aquí.

El escenario: ¿un futuro sin empleo?

Es posible que cuando tengáis mi edad[1], alguno de vosotros o quizás los tres no tengáis un empleo y no podáis acceder a uno, de ninguna manera. Esto podría suceder en la segunda mitad de vuestra vida laboral, allá por 2045.

[¡No os asustéis!, esto no tiene porqué ser necesariamente malo. Luego os lo explico.]

Los cambios tecnológicos son exponenciales y los derivados de la IA son doblemente exponenciales como ya escribí en este artículo de mi blog. Como consecuencia de ello, una vez superado un cierto umbral crítico (que nadie sabe exactamente dónde está, aunque algunos se han atrevido a calcular y hasta poner nombre: la Singularidad), los cambios producidos en la sociedad serán disruptivos, es decir: una ruptura brusca con el pasado.

El punto de Singularidad se producirá cuando una IA tenga una potencia de cálculo igual al conjunto de la Humanidad, lo que predicen que sucederá alrededor de 2045[2]. Después de estudiarlo con bastante detenimiento, creo que se trata de un escenario posible que, por sus enormes implicaciones, he incorporado a mi relato. En esas condiciones tan especiales, una década o poco más de avance tecnológico exponencial, podrían equivaler incluso a un siglo de avances “lineales”.

Por ello no tengo consejos que ofreceros para después de 2045. No creo que nadie, por muy inteligente y capaz que pudiera ser, esté en disposición de anticipar y asimilar la extraordinaria magnitud y velocidad de los cambios que entonces se sucederán. Lo que sí que tengo claro es que la magnitud del cambio será mayor que la distancia que hay entre el mundo sin electricidad que aún conocieron de niños vuestros abuelos, a principios del s.XX y la Sociedad de la segunda década del s.XXI.

Y es que, como os he dicho en ocasiones, la “IA será la nueva electricidad”[3] . Me atrevería a decir que será algo incluso más fundamental que la electricidad, algo como el dominio del fuego, la invención de la escritura o el paso de ser cazadores-recolectores a la agricultura.

Es por esto por lo que me voy a centrar en lo que podríamos denominar la primera mitad de vuestra vida laboral, es decir, contando con la formación que aún debéis recibir, los próximos 25-30 años.

Cómo entrará la IA en vuestras vidas: el círculo vicioso y el virtuoso

Como he señalado arriba, la introducción de la IA en los puestos de trabajo y las profesiones se hará, en un principio, a trocitos y de manera incremental. Pues bien, paralelamente, también comenzará un proceso en el que se irán separando dos grupos de personas.

En cada ciclo de automatización, la IA asumirá nuevas tareas de distintos puestos de trabajo. Pero habrá tareas en esos mismos puestos de trabajo que (aún) no serán automatizables. Las personas cuyos conocimientos y habilidades avanzadas les permitan llevar a cabo esas tareas las acumularán en su puesto de trabajo y seguirán empleadas. El resto de las personas serán despedidas.

Y así es como se generarán dos grupos de personas: el de los virtuosos y el de los precarios.

Quienes sigan empleados al asumir las tareas no automatizables de todos los puestos afectados por ese ciclo de automatización irán adquiriendo capacidades mayores e integrándose cada vez más en sus rutinas de trabajo con las IA (trabajando codo con codo con la IA). Esas personas habrán entrado en un “círculo virtuoso y cada vuelta al círculo (cada nuevo ciclo de automatización) les irá mejor, mientras sean capaces de aprender rápido (de eso os hablaré en otra carta).

El resto, los despedidos en un ciclo de automatización porque tenían menos habilidades digitales y eran menos aptos en utilizar las herramientas de automatización, entrarán en un círculo vicioso: cada vuelta al círculo les va peor.

Para tratar de volver a ser empleados deberán pagar un precio extra para obtener nuevas habilidades. Pero en muchos casos no lo podrán conseguir, bien por falta de recursos bien por falta de oferta adecuada para adquirirlas. Así su situación se agravará para el siguiente ciclo de automatización de la IA, puesto que las habilidades requeridas para volver trabajar serán aún mayores y el “salto” para obtenerlas será aún mayor.

Os pondré algunos ejemplos.

Un salto entre dos profesiones que existen hoy: ¿verdad que parece bastante difícil pasar de ser tornero a ser desarrollador de interfaces de usuario[4] (UX)? Hay bastante cantidad de formación y de “desaprendizaje” implicados en ese salto. Pero, aun así, no es imposible.

Pero ahora os planteo un salto entre una profesión que existe hoy y otra que aún no existe pero que aparecerá en el futuro próximo: imaginad un camionero que pretenda llegar a ser metamoldeador de dominios de usuario (una profesión relacionada con programas que no necesitan de programadores). ¿Verdad que suena bastante imposible?

¿Qué pasará con las personas que han entrado en el círculo vicioso?

Menos habilidades significa que su valor como trabajadores se reducirá y no les permitirá distinguirse de otros trabajadores (esto se llama en inglés commoditization), lo cual les forzará a entrar en lo que se llama la economía de la precariedad (gig economy), obligados a competir sin fin en mercados cuyos márgenes de beneficio tenderán a cero.

Así que, aun a pesar de trabajar, probablemente seguirán siendo pobres… aunque no se mueran de hambre.

(De hecho, esto ya está sucediendo en España: un 30% de las personas empleadas en este país tienen un nivel de ingresos que los sitúa como pobres,).

Vuestro objetivo: el grupo de los virtuosos

Me gustaría que os prepararais desde ya para entrar, cuando la realidad laboral lo haga necesario, en el círculo virtuoso y asesoraos sobre cómo evitar caer en el vicioso. La clave estará en la capacidad de ser personas que mejoran continua y rápidamente sus habilidades, que serán quienes en el futuro tendrán un trabajo bien remunerado. Aunque éste vaya cambiando con el tiempo, con cada nuevo ciclo de automatización de la IA y por causa de la aparición de otras tecnologías disruptivas (nanotecnología, interfaces directas cerebro-ordenador, computación cuántica, computación molecular…)

En el grupo de los virtuosos estarán (con diferente nivel de ingresos, obviamente) tanto las personas que tengan empleos locales, relacionados con la presencia física en un lugar determinado, como aquellas con empleos globales, en los que se pueden digitalizar y virtualizar los productos o servicios y, por tanto, no están vinculados a una zona geográfica específica. En este tema me extenderé en mi siguiente carta.

Sin embargo, aunque quisiera veros entre esta “clase privilegiada”, al mismo tiempo querré que seáis personas socialmente responsables y que os comprometáis a buscar maneras de evitar colectivamente todos los efectos negativos de la existencia de los dos círculos. Porque el círculo vicioso va a absorber cada vez a más gente.

El grupo de los precarios: si hay que estar, que sea sólo de paso

En el grupo de los precarios, aquel en el que se incluyen las personas que han entrado en el círculo vicioso y que, va a ser, como digo, cada vez más numeroso, existirán dos perfiles diferenciados: los que intentan simplemente “sobrevivir” y los que se encuentran ahí esperando demostrar valor suficiente para “saltar” al grupo de los virtuosos.

Esta diferenciación es importante porque, si se ponen en marcha los sistemas de solidaridad social adecuados, sólo el segundo perfil, el de los que están de paso (por ejemplo, un joven que acaba de entrar en el mercado laboral o que acaba de volver de una baja/excedencia), es el que permanecería en el grupo.

Los trabajadores “commodities” no necesitarían, con una buena red de protección social, trabajar para malvivir. Podrían “dejarse caer” al tercer grupo de personas: los inútiles.

El grupo de los inútiles[5]

El nombre suena amenazador, incluso insultante, peo debe ser tomado en su sentido literal: las personas que no son útiles, que son irrelevantes para el sistema productivo. Son personas “no-productivas”, es decir, no producen ni bienes ni servicios remunerados. (Sí que podrían realizar tareas de voluntariado, por ejemplo, el tutelaje de trabajadores jóvenes, si poseen una experiencia que transmitir). También son personas que siendo útiles no pueden ser absorbidas por la limitada oferta de trabajo existente (y no todo el mundo vale para ser emprendedor).

Sería un grupo asimilable a los jubilados actuales y, como ellos, al menos sus necesidades básicas deberán estar cubiertas a través de una renta mínima, una Renta Básica Universal que les situaría en la nueva economía, si bien no como productores, sí como consumidores (moderados, pero en gran cantidad). Lo contrario nos situaría ante una clase de desfavorecidos hambrienta dispuesta a la rebelión contra la élite. (¿Recordáis la película “Los Juegos del Hambre”?).

Una renta universal que permitiera a las personas de este grupo llevar una vida digna y con capacidad de autorrealización, podría ser financiada, por ejemplo, con la aparición de los denominados “impuestos a los robots”, si bien habría que resolver múltiples problemas de definición antes de poner en la práctica tal impuesto[6] .

Las tres capas socioeconómicas del futuro

Si la cuestión de la renta básica universal (en favor de la que abogan personas tan poco sospechosas de ser comunistas como Elon Musk o Andrew Ng) queda resuelta, que un día os incluyáis entre el grupo de los inútiles no tendría nada de malo. Siempre que esta pertenencia sea una decisión vuestra voluntaria. Bien porque sólo aspiréis a una vida sencilla y libre de obligaciones profesionales pero que os permita autorrealizaros de otras maneras, bien porque el trabajo voluntario o el de crianza y cuidado del hogar o, incluso, una vida nómada de viajes por el mundo sea lo que os apasiona.

La clave está en que lleguéis al momento de decidir vuestra inclusión en una u otra clase precisamente con eso: con capacidad de decidir en libertad. La libertad consiste en poder elegir. Lo último que desearía para vosotros es que vuestra entrada en el grupo de los inútiles fuera una opción forzada por las circunstancias, porque realmente seáis “inútiles”.

El escenario: una nueva sociedad de clases

Las desigualdades entre los tres grupos que os he descrito aumentarán con el paso de los años, por lo que cada vez se hará más difícil la movilidad voluntaria entre ellos.

Así que, primero deberéis ser capaces de hacer saltos entre grupos y después deberéis elegir cuidadosamente la duración de cualquier paso que queráis hacer por el grupo de “inútiles”, como un año sabático o una excedencia laboral prolongada. (De la misma manera sucede hoy en día con los parados de larga duración, que a partir de determinado momento tienen muy difícil abandonar esta condición.)

Hasta aquí la primera de la serie de tres cartas que os he preparado. En la próxima hablaré sobre las opciones que tendréis y las habilidades claves que tendréis que desarrollar si queréis estar en la clase virtuosa. En mi tercera y última carta sobre vuestro futuro laboral os daré lo más parecido a una lista de empleos futuros que puedo ofreceros con un buen nivel de fiabilidad.

Artículo revisado el 5 de diciembre de 2018

Ver parte 2

Ver parte 3


NOTAS

[1] 50 años en 2018. El cálculo se refiere a una vida laboral a los 25 años, es decir entre 32 y 35 años desde 2018, esto es 2.050-2053.

[2] Una manera alternativa de calcular el punto de la Singularidad es saber cuándo se podrá disponer de la potencia de cálculo de un cerebro humano por sólo 1.000$.

[3] Al césar lo que es del césar: la cita original es de Andrew Ng, uno de los gurús mundiales de la IA. Mi modesta contribución ha sido el profundizar en su significado y españolizar su comprensión.

[4] Alguno de vosotros pensará: ¿y no podrían reciclarse en una profesión parecida? Bueno, algunos sí podrán pero la mayoría de profesiones parecidas estarán en “la misma vuelta de automatización por la IA”, por lo que necesariamente la mayoría deberán buscar profesiones más alejadas de la que se han sido despedidos, normalmente requiriendo una formación mayor y unas destrezas diferentes.

[5] Este término es del historiador y escritor Yuval Harari (“the useless class”).

[6] ¿Qué es un robot? ¿Una combinación de hardware y software? ¿Y si son sólo software? ¿Es un robot quien lleva un corazón artificial y un implante coclear? ¿Y si sólo automatiza ciertas tareas, pero no elimina el puesto de trabajo, simplemente lo modifica? Como veis no va a ser nada fácil ponerse de acuerdo en quién y por qué se deben pagar impuestos los robots.

Posted by santiago

2 Comments

  1. Fernando Rivas Navazo 18 octubre, 2018 at 11:14

    Amigo Santigo, SIMPLEMENTE GENIAL !!!!

    Espero ansioso la segunda parte. ¡¡¡¡¡Enhorabuena !!!!!

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    1. Gracias Fernando, lo difícil ha sido seleccionar todo lo que había de quitar para que mi hijos lo entiendan bien. Espero no decepcionarte porque en cada parte me “mojo” y “concreto” más y más.

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